La Semilla de mi Pluma

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La semilla de mi plumaLa vida con todo su cúmulo de regalos y bendiciónes, nos da la oportunidad de conocer y desarrollar nuestros talentos. Talentos que muchas veces yacen adormecidos a la espara del despertar de una sospecha, en la que puedan mostrarse en sus pequeños esbozos de luz y fuerza creativa, para poder surgir y presentarse a nosotros.

Gustábamos entonces de vivir el 5to mes del año y era tan emocionante pensar en la celebración del día de la Madre. Mis emociones eran contrariadas porque mi mamá, no siempre podía pedir permiso en su trabajo para aistir a la celebración de su día en la escuela; sin embargo la preparación debía continuar, con una parte de mí, acostumbrada y la otra parte, llena de anhelos por verla entrar por la puerta de aquel salón de actos.

Dentro de los preparativos del año de 1978, figuraba la creación de un periódico mural, en el que se expondrían los mejores poemas y pensamientos dedicados a las madrecitas; y ahí estaba yo, sentada en mi scritorio escribiendo por primera vez, los versos que me inspiraban los ojos lindos de mi musa. Fluyó entonces mi sentimiento a través de la tinta de mi pensamiento y plasmé mi primer poema, el cual concursaría con todos mis compañeritos de clase.

Terminado el tiempo estipulado por mi maestra, «Yolanda de Mazariegos»; ella leyó los trabajos, saliendo favorecido el mío y el de un compañerito de clase (lo pronuncio como fueron premiados). Nos llamó a pasar adelante para felicitarnos y entregarnos una hoja en blanco, donde pasaríamos en limpio nuestro trabajo para colocarlo posteriormente en el periódico mural que sería exhibido ante las madrecitas en su día.

Al pasar adelante, no me percaté que había dejado caer mi lápiz y cuando volví a mi escritorio no tuve con qué escribir. Era tan tímida y estaba presa de pena, que no fui capaz de mirar a mi alrededor, preguntar, o decirle a mi maestra, nada; y permanecí ahí sentada, viendo solamente aquella hoja en blanco con mis ojos inundados de tristeza. Permanecí así hasta que sonó el timbre anunciando la hora de salida y fue entonces que Seño Yoli (como cariñosamente le decíamos) pidió los trabajos y los niños fueron dejandome sola, sentada en mi sitio, cosa que fue notoria para seño Yoli quien me pidió mi trabajo, entonces le relaté lo sucedido y ella, en silencio tomó aquella hoja, la arrugó entre sus manos y la depositó en el basurero al tiempo que me decía: «Ya te puedes ir».

Yo sentía que el cielo de mis ojos se nublaba mientras tomaba mi bolsón y me retiraba del salón hacia el amplio patio soleado que me parecia un solitario y cárdeno desierto. Iba cabizbaja, no queriendo que la soledad midiera mi tristeza y al ir por medio patio, mi maestra me llamó: «¡Poncianoo!!» como acostumbraba hacerlo. Un hilo de esperanza, me hizo reaccionar y me volví hacia ella, que me hacía señas con un lápiz en su mano. _Ven, me dijo.
_Tu lápiz estaba tirado en el piso junto a tu escritorio, llévatelo.

Le agradecí tomando aquel instrumento cuyo descuido impidió escribir mi obra en limpio. Del poema no se habló, ni ese día ni el siguiente; simplemente, la oportunidad se había perdido y en el mural no figuraron mis letras. Esa tarde, ya en casa, no conté nada a nadie, sentía que hacerlo, sería mortal para mí. La pena fue solo mía mientras sentía ahogarse aquel poema en mi tristeza confundida, que, a ratos me reclamaba porqué no había hablado a tiempo, por qué no había pedido ayuda, pero ya qué, todo era ya un pasado; un pasado que me sacudió de súbito y me hizo reaccionar en mi derrota….¡No!, ¡Esto no me volverá a pasar! ¡No otra vez!

Acepté lo sucedido y le prometí a mi yo, escribir una vez más, un pensamiento y otro y otro y todos los que nacieran, de lo que fuera que naciera, de la flor, del campo, de todo y si perdía mi lápiz? ¡Lo recitaría!, lo hablaría a como fuera y perdí la cuenta de cuántos versos escribí en cada tarea de oraciones que nos dejaban las maestras. Los escribí imperativos, interrogativos, exclamativos, negativos, en todos los tiempos y modos posibles. Entonces leía poesía de otros poetas y declamaba en los actos de diversas celebraciones, siendo una de mis poetas favoritas, Sor Juana Inés de la Cruz.

Conservé por muchos años, mis versos escritos de forma secreta en mis hojas de cuaderno y en mis afanes de juventud, les fui perdiendo el rastro, un rastro que sepultó la vida conyugal que me aguardaba en el tiempo.
No fué hasta el año de 2010, cuando retorné a mi lápiz de antaño, a desarrugar aquella hoja amarillenta por el casi olvido y volví a sentir mi sangre agitarse en el tintero y destilar tierno rocío de poesía tímidamente fragmentada.

Volver a escribir, fue como sentir los rayos del sol sobre tu rostro cuando acaba de llover, es como respirar el olor de tierra mojada, el olor de vida, de fuerza y de inquietud serena. Fué retomar aquel coraje que me produjo el ahogo de mi pena y resurgir en el fénix de los años y aquí estoy, en medio de las horas desveladas que me acompañan y el sonido de 43 caracteres que necesito para decirte lo que siento, lo que vivo, lo que calladamente lloro, lo que gozosamente río.

36 años después, he comprendido algo, he comprendido que, aquel primer poema fallido, murió cual semilla muere en el campo fértil para germinar en nueva vida y florecer multiplicada. Que era necesaria permanecer dormida en las entrañas del tiempo para ahondar sus raíces en mi vida y verter sus ramas hacia el occidente y centro de mi tierra y la recompensa fue también multiplcada al leer mi biografía en un mural, delicadamente decorada por la grata intervención que me describe y que habla y presenta, los versos de mi poesía.

El tiempo me volvió hacia aquel instante, en el que quizá los escenarios son distintos y de hecho, ya no es primavera en mis sentidos y mis desiertos, se han convertido en senderos. Es un nuevo día y mi poesía no se muestra en las cartulinas rosas de un mural de infancia, sino en los lienzos de la tecnología madura y mis versos son expuestos y leídos en lo que hoy llamamos ¡Un Muro en un Portal!

Después de tantos años creo que puedo escribir:

FIN…

Autora: María Elena Ponciano, Poeta y fotógrafa quetzalteca.

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